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Alerta en la Antártica: Hielo marino alcanza su máximo de 2026 y registra el tercer mínimo más bajo de la historia

El hielo marino de la Antártida completó su mayor expansión de 2026 y resultó ser la tercera cobertura más pequeña desde que se iniciaron los registros satelitales. La superficie helada abarcó un área aproximada de 17,59 millones de kilómetros cuadrados el pasado 14 de septiembre y con esa cifra se confirma una preocupante tendencia de reducción que mantiene alerta a la comunidad científica internacional.

El año más crítico para el ecosistema antártico sigue siendo 2023, pero el reporte actual se ubica apenas por encima de dicho umbral, evidenciando la persistencia de la anomalía térmica, según los datos recopilados por la NASA y el Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo (NSIDC).

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¿La Antártida está perdiendo su hielo?

La Antártida es un continente aislado y rodeado por un océano abierto, a diferencia del Ártico que es una cuenca oceánica entre masas continentales. Esto permite que el hielo invernal se expanda libremente, pero también que quede expuesto al deshielo severo durante el verano austral, tras avanzar hacia latitudes más cálidas.

Este ciclo anual suele registrar su mayor expansión en septiembre y su punto más bajo en febrero. Según los archivos históricos, entre 1979 y 2014, la extensión marina invernal aumentó un 1 % por década, anotando incluso picos históricos consecutivos entre 2012 y 2014, un comportamiento que contrastó drásticamente con el rápido retroceso del Ártico.

Esta tendencia al alza se interrumpió abruptamente en 2015. A partir de 2016, las mediciones comenzaron a mostrar descensos significativos y constantes, con breves recuperaciones en períodos aislados. Pero la cobertura total se ha mantenido de forma regular por debajo de los promedios normales, consolidando el declive que hoy vigilan los expertos.

Para estudiar estas fluctuaciones, más allá de las severas condiciones climáticas o la densidad de las nubes, los científicos utilizan satélites equipados con sensores de microondas pasivos que detectan la energía que la Tierra emite naturalmente, diferenciando con precisión las porciones sólidas del agua líquida.

Este monitoreo constante se inició en 1978 con el satélite Nimbus-7 de la NASA, continuó con misiones estadounidenses posteriores como Aqua, y se renovó recientemente gracias a la incorporación de los datos aportados por la plataforma japonesa GCOM-W.

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